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Carta del Sr. Obispo, el cristiano ante la crisis
publicado el miércoles, 6 de mayo de 2009

El paro, la vida política, economía, familia, vida, educación, vistas por nuestro pastor, el Obispo.

[foto1]  Con estas palabras del profeta Isaías, deseo comenzar mi reflexión. Es mi única intención ayudaros, en primer lugar, a vosotros, mis queridos diocesanos. Y también, por vosotros, a todos los castellanomanchegos, dada la situación en que nos hallamos sumidos, por las graves dificultades económico-sociales que nos rodean.

Son los nuestros, sin duda, tiempos difíciles. Tiempos de incertidumbre. Tiempos hasta de temor. No resulta fácil vislumbrar un futuro mejor. Ni siquiera nos es posible aventurar cuándo llegará el final de esta situación. Tampoco parece acertarse con una solución eficaz para la misma.

En este contexto, muchas cosas parecen tambalearse. Es muy fuerte el correctivo sobre modelos concretos, sobre determinadas estructuras. ¿Estaremos ante el final de una era económica? ¿Estaremos en el alumbramiento de un nuevo sistema político-social? Lo iremos viendo con el correr del tiempo. Pero, mientras tanto, son muchas las personas que están/estáis sufriendo las consecuencias del cambio: dificultades económicas, dificultades psicológicas, dificultades sociales, dificultades familiares… El desánimo y la desesperanza se yerguen con fuerza en cada uno de nosotros y en nuestras comunidades.

Es ahí donde me siento interpelado por el profeta Isaías, que dice: "Consolad, consolad a mi pueblo". Porque, como Pastor de esta Iglesia Diocesana, me siento conmovido y me preocupan vuestras "angustias y tristezas, alegrías y esperanzas" (Gaudium et Spes, 1). Y me quiero colocar a vuestro lado, para ayudaros a leer esta situación con mirada creyente, y a vivirla desde esa óptica.

Ahondar en nuestras convicciones más profundas que nacen de la seguridad que sólo la fe en Jesucristo nos ofrece, tiene que ser el cimiento sólido donde debemos seguir construyendo la casa que soporta –según la imagen evangélica– trombas y vendavales que el transcurso del tiempo nos suele traer. El desastre moral que estamos soportando con jóvenes hartos de placeres, fríos asesinos a tan temprana edad, dirigentes sociales y políticos que están muy lejos de ser ejemplares en costumbres y comportamientos, estratagemas y trampas que sólo buscan hundir al adversario a costa de lo que sea, llevándose por delante el prestigio y la seguridad institucional de los más altos organismos del Estado, que aseguran a la sociedad una convivencia sin más sobresaltos que los fallos que puedan venir excepcionalmente de individuos aislados... No nos deben hacer desesperar del logro y la búsqueda del bien, la verdad y la belleza de la justicia y el derecho. Nuestra certeza es que, después de la Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, el mal ha sido vencido, y, aunque haga mucho ruido, potenciado ahora por medios de comunicación, ansiosos por subsistir en la notoriedad que les asegure la clientela publicitaria, hay mucho de bueno en nuestras familias, vecinos, responsables políticos y sociales… que no hace tanto ruido. Y, si afinamos la vista, vemos muchos, los más, varones y mujeres fieles, constantes y generosos al servicio de los demás: familia, vecindad, municipio, provincia, comunidad autónoma y Patria.

Esta Carta os la escribo en el tiempo de Cuaresma, en el que la Iglesia nos invita a reconciliarnos con Dios, con los demás y con nosotros mismos a través de la oración, la limosna y el ayuno. La llamada que se nos hace a la conversión implica que revisemos nuestros modos de pensar y nuestros comportamientos personales y sociales, confrontándolos con lo que Dios quiere de nosotros. El papa Benedicto XVI, en el Mensaje que ha escrito con ocasión de la Cuaresma de este año 2009, nos explica el sentido cristiano del ayuno cuaresmal. Y dice de él que es una "terapia" para curar todo lo que nos impide conformarnos con la voluntad de Dios; una ayuda para cultivar el estilo del Buen Samaritano, que se inclina y socorre al hermano que sufre; y un arma espiritual para luchar contra cualquier posible apego desordenado a nosotros mismos. ¡Cuánta falta nos hace profundizar en la riqueza que esconde la vida cristiana en sus gestos y manifestaciones más sencillas!

En este contexto, con temor y temblor, os ofrezco unas consideraciones que pretenden hacer luz en esta maraña de acontecimientos y relaciones sociales que están incidiendo en nuestra vida personal y social.[foto2] 

Motivos de preocupación

I. EL PARO

Es un fenómeno en que las cifras se disparan, a peor, diariamente. Sé que algunos ya lo sufrís en vuestra propia carne y que habéis empezado a vivir del subsidio del paro. Sé que, entre nosotros, aumentan las familias que, mes a mes, ven cómo alguno o algunos de sus miembros (en algunos casos, todos) se quedan sin trabajo. Con las consecuencias de todo tipo que esto acarrea, como dificultades para asegurarse los alimentos de cada día, o para pagar la hipoteca, preocupación por no considerar garantizados vuestros pequeños ahorros, ayuda recibida de los propios familiares con los que compartís vivienda y mesa… Crece el número de los que vivís en la zozobra de un futuro inmediato, incierto por inseguro, aunque hasta nosotros lleguen las palabras tranquilizadoras de nuestros dirigentes sociales.

Y todo, sin que, por el momento, se vislumbren soluciones. Están apareciendo los que algunos llaman "pobres limpios". Se refieren, lógicamente, a su pertenencia social, aparentemente mantenida, pero que se ha venido abajo. En palabras del Papa Juan Pablo II, "los pobres se encuentran bajo diversas formas… aparecen en muchos casos como resultado de la violación de la dignidad del trabajo humano: bien sea porque se limitan las posibilidades del trabajo –es decir, de la plaga del desempleo–, bien porque se desprecian el trabajo y los derechos que fluyen del mismo, especialmente el derecho al justo salario, a la seguridad de la persona del trabajador y de su familia" (Laborem exercens, 8).

Recobran actualidad las palabras del mismo Papa en Ecclesia in America, 54: "En la doctrina social de la Iglesia ocupa un lugar importante el derecho a un trabajo digno… es necesario valorar el trabajo como dimensión de realización y de dignidad de la persona humana. Es una responsabilidad ética de una sociedad organizada promover y apoyar una cultura del trabajo".

Mal se compagina esta doctrina con nuestra realidad. Basta mirar la penosidad del trabajo físico de los peones, mujeres y emigrantes explotados, y la bajísima remuneración a la que se ha llegado en el empleo llamado basura por su precariedad, temporalidad y absoluta falta de estabilidad. También en las prejubilaciones y trabajadores sometidos a las regulaciones empresariales, como a los expulsados del empleo sin más, a veces después de haber ganado incluso buenos sueldos. En todos los casos, la dignidad misma de la persona del trabajador por cuenta ajena (la trabajadora tiene todavía más desventaja), no encuentra consideración. Hay que lograr resultados y hay que sacrificar horarios y ritmos vitales, familiares, locales y topes de movilidad más o menos aceptables por lograr la oferta de productos y servicios que han de alimentar a los mismos que los producen, pero con una plusvalía sin más medida que la que dicte un mercado manipulado y controlado por demasiados pocos. Desde el que está por debajo de los mil euros de salario hasta los que cobran los incentivos empresariales más altos, todos están sujetos a la férrea rueda del consumo y la producción, de la producción y el consumo sin límites.

No es extraño, por esto, que sea el paro nuestra principal fuente de preocupación. Me lo decís frecuentemente muchos de vosotros. "No vamos a poder ayudar a tanta gente que acude a nuestras parroquias, pues pueden flaquear nuestras fuerzas y nuestros recursos". El desastre económico que ha caído sobre esta tierra, y que nos puede hundir en la desesperación y la rabia, no debe hacer mella en nosotros hasta tal punto que nos inhabilite para seguir luchando por salir adelante.

Estamos apuntando bien cuando subrayamos la importancia del paro, porque señalamos el elemento socialmente más importante. Nos dice Juan Pablo II, en la Encíclica Laborem exercens, que "el trabajo humano es una clave, quizá la clave esencial, de toda la cuestión social, si tratamos de verla verdaderamente desde el punto de vista del bien del hombre. Y, si la solución, o mejor, la solución gradual de la cuestión social, que se presenta de nuevo constantemente y se hace cada vez más compleja, debe buscarse en la dirección de «hacer la vida humana más humana», entonces la clave, que es el trabajo humano adquiere una importancia fundamental y decisiva". (n. 2) Benedicto XVI, en un Discurso a la Confederación Italiana Sindical de Trabajadores (CISL), el 31 de enero de 2009, decía que "el trabajo… condiciona el desarrollo no sólo económico, sino también cultural y moral, de las personas, de las familias, de las comunidades y de la humanidad".

Todo ello nos debe hacer pensar, y debemos sacar enseñanzas que nos fortalezcan y nos empujen en el esfuerzo diario que la vida misma trae consigo. Ahora, ayudados por los efectos de la crisis, caemos en la cuenta de que, seducidos por el prometido y pretendido bienestar, nos habíamos olvidado bastante de que ese esfuerzo, sí, trabajo y tarea a la vez, es imprescindible para la realización humana. Caemos igualmente en la cuenta de que la solidaridad se hace más necesaria que nunca y que vale más compartir que acaparar. Entre todos, hemos de procurar las ayudas necesarias y colaborar en las instituciones que trabajan en ello. Por poco que podamos hacer, se convertirá en mucho por el esfuerzo común. En la ayuda mutua no debemos parar, hemos de seguir adelante. Sé que los sacerdotes y los responsables de las Cáritas parroquiales e interparroquiales están seria y generosamente dedicados a brindar su colaboración: alimentos, ropa, calzado y vivienda (luz, agua, teléfono…).[foto3] 

II. VIDA POLÍTICA

Después de la última contienda electoral, observo con preocupación todo lo que viene sucediendo en nuestro joven proyecto democrático cuando se acercan unas elecciones cualquiera que sea su alcance. Siento los temores de la gente por lo que pueda pasar: un atentado, un escándalo social, huelgas y revueltas de grupos radicales que se incuban, programan y reservan para ser puestos en escena en esos momentos. Las elecciones, que, con tanta ilusión, hemos esperado los mayores en nuestro pasado como una auténtica fiesta de convivencia democrática, no pueden seguir siendo percibidas por mucho tiempo como amenaza de presente e inseguridad de futuro para los ganadores, que ven incierta su victoria, y más para los perdedores, que, recelosos, saben que no les puede venir nada bueno a ellos y a sus familias.

En estas situaciones que se vienen dando, noto que está surgiendo la pregunta: ¿No será todo ello facilitado por un sistema democrático que nos hemos dado, condicionado por un protagonismo exclusivo y excesivo de los partidos políticos, por eso que se suele calificar como una partitocracia real? Ciertamente, los ciudadanos no somos, no podemos ser, del todo libres para elegir a las personas que pensamos son las mejores para dirigir el concierto social, y vemos que, como los partidos políticos no sean muy cuidadosos en su elaboración, se pueden colar en las listas gentes sin escrúpulos. Impotentes, nos estamos acostumbrando a elegir lo menos malo deslizándonos por la pendiente de que todo y cualquiera vale, tenga o no solvencia moral personal y demostrada socialmente.

La lucha por el poder pierde así toda bondad y belleza. Nos estamos convenciendo demasiado deprisa de que todo el entramado electoral no es para buscar el bien común, sino para asegurar el puesto en el partido que gobierna, enriquece y eleva a cotas de alto standing (en castellano, "trepar a costa de lo que sea" en la escala social).

Dicho esto, advirtiendo que hay mucho más de positivo que de negativo en nuestra convivencia política, y cualesquiera que sean las correcciones que el sistema necesite y que los españoles podamos darnos, he comenzado esta reflexión con la cita del profeta Isaías que se siente enviado a consolar a su pueblo en el estado de postración al que ha llegado por no creer en sí mismo y por buscar pactos con potencias extranjeras que le han llevado al alejamiento del mismo Dios que le sacó de la esclavitud y que le llevó a la Tierra Prometida. Que nadie piense que me siento mesías social. Estas letras las dirijo a mi Iglesia que peregrina en esta tierra de Castilla la Mancha, pues la Iglesia que formamos los bautizados, sí tiene la Misión encomendada por Dios Padre a Jesucristo, el Señor, de dar la vida por la Justicia y el Derecho, la Verdad, la Vida, la Gratuidad, el Amor y la Paz. Enviados de Dios, sí, para consolar a nuestro Pueblo. Cada comunidad parroquial, congregación, asociación o movimiento apostólico, con todos sus miembros y muy personalmente, estamos llamados a consolar al Pueblo que es nuestro por pertenencia y por entrega de lo mejor de nosotros mismos.

Los católicos, especialmente los laicos, estáis llamados a participar en la vida social y política ofreciendo en esta hora de nuestra historia certezas morales y testimonios de rectitud y entrega gratuita a los demás. Quiero recordar la aportación de Pablo VI con ocasión del 80 aniversario de la carta encíclica Rerum Novarum de León XIII. Nos decía: "Según su propia misión, el poder político debe saber desligarse de los intereses particulares, para enfocar su responsabilidad hacia el bien de todos los hombres, rebasando incluso las fronteras nacionales. Tomar en serio la política en sus diversos niveles –local, regional, nacional y mundial– es afirmar el deber del hombre, de todo hombre, de conocer cuál es el contenido y el valor de la opción que se le presenta y según la cual se busca realizar colectivamente el bien de la ciudad, de la nación, de la humanidad. La política ofrece un camino serio y difícil –aunque no el único– para cumplir el deber grave que el cristiano tiene de servir a los demás. Sin que pueda resolver ciertamente todos los problemas, se esfuerza por aportar soluciones a las relaciones de los hombres entre sí. Su campo y sus fines, amplios y complejos, no son excluyentes. Una actitud invasora que tendiera a hacer de la política algo absoluto, se convertiría en un gravísimo peligro. Aun reconociendo la autonomía de la realidad política, los cristianos dedicados a la acción política se esforzarán por salvaguardar la coherencia entre sus opciones y el Evangelio y por dar, dentro del legítimo pluralismo, un testimonio, personal y colectivo, de la seriedad de su fe mediante un servicio eficaz y desinteresado hacia los hombres." (Octogesima Adveniens, 46, 3).

En toda época de la historia, esto no es nuevo, los cristianos podremos ser denostados, calumniados y mal interpretados en nuestro quehacer diario, pero esto no nos debe desanimar, conscientes de que el seguimiento de Jesucristo nos lleva siempre a ser consuelo eficaz para nuestros contemporáneos. En esta tarea, deberemos, sí, vigilar para que no se nos pegue el polvo del camino, pues es muy fuerte la presión cultural que se ejerce en nuestra sociedad, en el complejo entramado que forma la opinión pública, y se nos cuelan criterios y actitudes que se hacen pasar como "normales", pero que, de hecho, están muy lejos de lo sabido y experimentado por una vida que pretende ser cristiana; la fidelidad a la Doctrina Social de la Iglesia nos debe ayudar a discernir y separar el trigo de la paja, a saber fiarnos de la experiencia de la Iglesia extendida por toda la tierra y con dos mil años de existencia, los valores del Reino de Dios llenan plenamente las aspiraciones humanas y capacitan para superar las dificultades en todo momento de la vida personal y de los pueblos.[foto4] 

III. ECONOMÍA, EDUCACIÓN Y VIDA

Con la capa del bienestar se ha querido envolver, en los países de nuestro entorno occidental, el logro de los abundantes deseos de poder, placer y tener que ha provocado un sistema de producción y consumo que se ha encerrado en su propio ámbito de poder despreciando naturaleza, sociedad mundial o global y aun la civilización misma con todo su bagaje de siglos de valores, de cultura y de religión. Un sistema que ha tratado de elevar a categoría de derechos cuantas situaciones se le antojan, cuanto dentro de ese ámbito pueden decidir las mayorías logradas por los partidos políticos más que artificiosamente. Y todo, con los señuelos de sobra sabidos de bienestar y de goce inmediato de la vida, sin medir ni prever consecuencias desastrosas a medio y largo plazo en la vida de personas y colectivos. Es decir, se ha pervertido el sistema al estar regido "por las solas leyes del mercado aplicadas según la conveniencia de los poderosos" (Ecclesia in America, 20).

Hay que afirmar con fuerza que no es el hombre para la economía, sino la economía para el hombre. Por eso, los sistemas económicos deben someterse a la persona humana. Cuando la producción y el consumo son el único valor, "todo el sistema socio-cultural, al ignorar la dimensión ética y religiosa, se ha debilitado, limitándose únicamente a la producción de bienes y servicios" (Centesimus annus, 39). De ahí, la condena de la Iglesia a un mercado salvaje, que prospera explotando al hombre, porque tendrá como consecuencia un sentido materialista de la vida y un gran vacío de valores humanos.

Con la pérdida de dignidad y de conciencia de la misma en la persona, se han dado a la vez fenómenos sociales que están tocando los fundamentos mismos de la existencia humana como son la implantación en la sociedad de una jerarquía de valores errática, sin más norte que una pretendida libertad sin límite ninguno, y a la vez, también, la manipulación de la Vida humana igualmente ilimitada y bajo el dogma de que todo lo que se puede hacer con los avances científico-técnicos que hemos logrado obtener es bueno. De nuevo, una ética educativa y una bioética quedan postergadas o reinventadas.

Ahí están las observaciones que nos hacen y las cosas que nos cuentan educadores, médicos, siquiatras..., las tozudas estadísticas de los logros de la mal usada libertad en niños y adolescentes que llegan a experiencias aberrantes en su más temprana edad y en proporciones alarmantes, que les marcan por los días de su vida, por lo que muchos de ellos pasan a engrosar la fila de los marginados. Esta descripción es ratificada, con sus miedos al futuro de sus hijos, por los padres que se ven impotentes ante esta avalancha de cosas y que deciden tener el menor número de hijos ante la dificultad de educarlos y de mantenerlos en esta abundancia fracasada ahora y hundida en la Crisis.

Decía Juan Pablo II que "no es malo el deseo de vivir mejor, pero es equivocado el estilo de vida que se presume como mejor, cuando está orientado a tener y no a ser, y que quiere tener más no para ser más, sino para consumir la existencia en un goce que se propone como fin en sí mismo. Por esto, es necesario esforzarse por implantar estilos de vida, a tenor de los cuales la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien, así como la comunión con los demás hombres para un crecimiento común sean los elementos que determinen las opciones del consumo, de los ahorros y de las inversiones" (Centesimus annus, 36).

Todavía, en medio de la Crisis, que se achaca sólo a las finanzas, se está pensando en superar lo que se tiene en economía como "desajustes del sistema" para seguir tropezando en la misma piedra y seguir machacando la dignidad personal, familiar y social que haga posible el trabajar para vivir y no lo contrario: vivir para trabajar al servicio del que ya todo cree tener. Si la ruptura con las sanas costumbres y moral social trae el deterioro, principalmente de las clases bajas, saltar los límites de la ética económica ha traído un desastre de magnitudes insospechadas en el concierto de las naciones a una masa inmensa de gentes y a poblaciones enteras. No podemos olvidar que el hambre es fruto de la insolidaridad y de la falta de justicia social en las diversas partes del mundo (cfr. Laborem exercens, 8).

Acaba de decir Benedicto XVI que, "aunque poner en marcha políticas económicas y sociales adecuadas es tarea del Estado, la Iglesia, a la luz de la doctrina social, está llamada a dar su aportación estimulando la reflexión y formando las conciencias de los fieles y de todos los ciudadanos de buena voluntad. Quizá hoy más que nunca, la sociedad civil comprende que solamente con estilos de vida inspirados en la sobriedad, la solidaridad y la responsabilidad es posible construir una sociedad más justa y un futuro mejor para todos". (Discurso a los Administradores de la región del Lacio, del municipio y de la provincia de Roma, lunes 12 enero 2009).

Los católicos, estemos en el nivel social en el que nos encontremos, deberemos estar atentos a la defensa y logro de la dignidad de la persona trabajadora por encima de cualquier consideración de posible eficacia o rentabilidad. En nuestra experiencia de pastoral obrera sabemos que los mismos trabajadores, ante el señuelo de la subida de salario, han roto demasiadas veces con la solidaridad con

los demás compañeros aceptando condiciones de empleo nefastas para el propio sistema: mal acabado de los productos, pérdida de competitividad, bajas y enfermedades que se prolongan y que recaen en un plus de trabajo para los compañeros... Los efectos en las relaciones familiares son indescriptibles, se comienza por ignorar poco a poco lo que le pasa al cónyuge o a los hijos y se termina demasiadas veces con la ruptura o la trampa extramatrimonial.

El fenómeno social del aborto y de la manipulación de la vida humana antes de nacer hasta decretar la legitimidad de su extinción con la llamada eutanasia, es otra de las realidades que amenazan hoy a nuestra sociedad. De los grandes argumentos para no llevar a la cárcel a la infeliz violada sin recursos para ir a abortar a Londres en los años sesenta, se ha pasado a legislar la legitimidad de la muerte del feto en la práctica totalidad del período de gestación y a la recreación de lo habido en otras épocas de la historia y manipulación de lo que nosotros llamamos esta "cultura de muerte". Acaba de decir Benedicto XVI que "cada ser humano… es mucho más que una singular coincidencia de informaciones genéticas que le son transmitidas por sus padres. La procreación de un hombre no podrá reducirse nunca a una mera reproducción de un nuevo individuo de la especie humana, como sucede con un animal. Cada vez que aparece una persona se trata siempre de una nueva creación… Es verdad que no se vuelven a presentar ideologías eugenésicas y raciales que en el pasado humillaron al hombre y provocaron tremendos sufrimientos, pero se insinúa una nueva mentalidad que tiende a justificar una consideración diferente de la vida y de la dignidad de la persona fundada sobre el propio deseo y sobre el derecho individual. De este modo, se tiende a privilegiar las capacidades operativas, la eficacia, la perfección y la belleza física en detrimento de otras dimensiones de la existencia que no son consideradas como dignas. De este modo, se debilita el respeto que se debe a todo ser humano, en presencia de un defecto en su desarrollo o de una enfermedad genética, que podrá manifestarse en el transcurso de su vida, y se penalizan desde la concepción a aquellos hijos cuya vida es juzgada como no digna de ser vivida". (Discurso a los participantes en la XV Asamblea Ordinaria de la Pontificia Academia para la Vida, 23 febrero 2009).

La fe en la ciencia, algunas veces en la pseudo-ciencia, está llevándonos a la manipulación de la vida humana, sin límites éticos, bajo el dogma de que todo lo que hemos logrado obtener con los avances científico-técnicos es bueno. Urge una ética científica que oriente, encauce y limite los trabajos que afectan a la vida humana directa o indirectamente, y habrá que denunciar los silencios intencionados de aquellos que callan determinadas comprobaciones científicas, contrarias a las teorías dominantes, sobre el origen y el desarrollo de la vida humana.

El Documento del Concilio Vaticano II Gravissimum Educationis, ya de los años 60, nos dice: "puesto que los padres han dado la vida a los hijos, están gravemente obligados a la educación de la prole y, por tanto, ellos son los primeros y principales educadores… Es preciso que los padres, cuya primera e intransferible obligación y derecho es el de educar a los hijos, tengan absoluta libertad en la elección de las escuelas. El poder público, a quien pertenece proteger y defender la libertad de los ciudadanos, atendiendo a la justicia distributiva, debe procurar distribuir las ayudas públicas de forma que los padres puedan escoger con libertad absoluta, según su propia conciencia, las escuelas para sus hijos… La Iglesia aplaude cordialmente a las autoridades y sociedades civiles que, teniendo en cuenta el pluralismo de la sociedad moderna y favoreciendo la debida libertad religiosa, ayudan a las familias para que pueda darse a sus hijos en todas las escuelas una educación conforme a los principios morales y religiosos de las familias". (n. 3. 6 y 7).

Así, pues, "La Educación para la Ciudadanía", presentada como asignatura que sirve de instrumento para educar la convivencia política y social de los niños y jóvenes, pretende ir más allá, manipulando conciencias por encima del necesario dinamismo familiar y educativo. Los padres tienen que tener la posibilidad de ejercer su derecho, anterior a otros, de educar a sus hijos. Y los educadores no pueden dejarse avasallar por fuerzas ajenas al aparato mismo educativo, que introduce la esquizofrenia en los alumnos que no saben a quién hacer caso, con la consiguiente y peligrosa indiferencia a toda motivación que les pueda ofrecer la mínima seguridad en su crecimiento como personas en esas etapas de su desarrollo intelectual y moral.

Los pretendidos avances progresistas que se logran plasmar en leyes concretas nos dejan en la más absoluta indefensión, y, aún más, nos dejan fuera de la ley, como proscritos, a quienes vivimos dentro de unas costumbres y moral concreta, que se apellida cristiana en nuestro entorno europeo, pero que comparten millones de gentes del planeta y de otras religiones y culturas.

Con una muy estudiada benevolencia, se nos dice que estamos en una sociedad respetuosa y tolerante de la diversidad recriminando de paso a quienes no opinamos lo mismo, y culpabilizando a la civilización judeo-cristiana de las viejas historias y rencores nacionales. Entre tanto, se excluye a todo profesional que, en la educación, la sanidad y la economía, no pase por lo que se debe aceptar en el concierto social, puesto que se ha logrado elevar a rango de ley. Las leyes se hacen para ser cumplidas, ciertamente, pero el legislador puede ser sensible o no a las necesidades morales de los ciudadanos, y, cuando no se busca ni se acepta la diversidad misma en tan delicadas materias y aspectos de la vida, se reproducen innecesariamente las crispaciones y luchas sociales que impiden el consenso social más amplio e imprescindible para remar todos en la dirección adecuada para salir de todas las crisis.

Soy consciente de los límites en los que me desenvuelvo con estos pocos folios de reflexión sobre realidades tan fundamentales y complejas. No es mi intención tratarlo todo, pues sé de mis incapacidades y dificultad en expresar mi pensamiento, pero me quiero exhortar a nuestra comunidad diocesana a que sienta la llamada de Dios a ser factor de consuelo y de ilusión por el futuro que nos aporta el Evangelio a las gentes de todos los tiempos... En la plenitud de los tiempos vino el Señor Jesucristo a dar la vida por sus hermanos, varones y mujeres, de la entera Humanidad... A los varones y mujeres de la fe en Jesucristo, en la Palabra de Dios hecha carne, nos suenan de nuevo las lamentaciones de La Palabra en los salmos y en los profetas:

Aunque la higuera no echa yemas

y las viñas no tienen fruto,

aunque el olivo olvida su aceituna

y los campos no dan cosechas,

aunque se acaban las ovejas del redil

y no quedan vacas en el establo,

yo exultaré con el Señor,

me gloriaré en Dios, mi salvador.

El Señor soberano es mi fuerza,

él me da piernas de gacela

y me hace caminar por las alturas.

Cántico Ha 3, 2-4.13a. 15-19

Se nos ha dado un patrimonio que no debemos dilapidar, abiertos, por supuesto, a todo avance humano que fortalezca la dignidad de la persona y el bien común, que salta por encima de fronteras y civilizaciones. Mostremos la alegría de vivir con menos (economía), la alegría de ayudar y cuidar especialmente la vida de los más débiles (vida), y la transmisión de nuestras mejores experiencias y vivencias a los más jóvenes (educación), con la certeza de que estamos en el camino, la verdad y la vida del Hijo del Hombre, que el mismo Jesucristo es y ha mostrado a su Iglesia.

IV. FAMILIA

No quiero terminar sin referirme a la célula social que, como primigenia fuente de vida, asegura a la Humanidad esa línea continua que va desde el pasado, pasa por el presente y alcanza el futuro. Nuestra memoria se fragua en el contexto familiar, el presente se desarrolla en la seguridad de un hogar y el futuro tiene en la familia su mejor valedor. Sin ella, conformada por la naturaleza humana –varón y mujer los creó... creced y multiplicaos...–, nuestra vieja sociedad europea se agosta y envejece incapaz de reproducirse y reproducir las mejores páginas de su historia verdaderamente humanista.

Es importante, muy importante, que, en momentos de confusión y de barullo, abuelos, padres y nietos, todos los miembros de nuestras familias vivan alegres y seguros de esa relación indisoluble de amor y proyecto de vida común. Es preciso asegurar a nuestra sociedad que la fidelidad y la indisolubilidad matrimonial no son una carga insoportable, sino una tarea y una realidad que enriquece la vida personal, familiar y social a medida que va logrando en el tiempo ser motor de desarrollo y de convivencia. La rentabilidad –también económica– de un hogar hasta se puede medir en términos de ahorro social, pero, sobre todo, en términos de cómo la familia logra ofrecer las mejores personas al concierto social: les facilita poder nacer, cuida su crecimiento y desarrollo físico y moral, las hace capaces de esfuerzo, sacrificio y entrega a una causa común, entrenados en el cálido sostenimiento de la persona afrontando todas las crisis del mismo crecimiento y transformándolas en experiencias gozosas de superación.

No debe ser nuestra meta la envidia que provoca una familia cristiana que amplía el número de sus miembros no sólo en los hijos, sino en toda persona que puede quedar tocada por la enfermedad, la soledad o la necesidad. Sin embargo, es hora de ser testigos, de darse a conocer, contrastar resultados, y, por vía de la experiencia vivida, mostrar con sencillez lo que nuestras familias están logrando en dicho concierto social. Las adicciones a la droga y el alcohol, e incluso el fracaso escolar cuando es total, a tan tempranas edades como estamos viendo, no tienen cabida en la práctica totalidad de nuestras familias. No quiere decir que no notemos las influencias que se nos cuelan por la cultura dominante y el mimetismo que provocan los grandes medios de comunicación de masas, pero tienen respuesta inmediata y más fácil solución que en los hogares mono-parentales, rotos o artificialmente formados por una relación homosexual.

"Consolad, consolad a mi pueblo..." Os invito a desterrar el miedo o la desesperanza. En Cristo Jesús se nos ha dado la fe, la esperanza y el amor para fortalecer las rodillas vacilantes, para vendar los corazones desgarrados, para ser buena noticia, sal, luz y levadura que levante la masa y pueda ofrecer el buen pan entregado en Eucaristía, en Acción de Gracias por lo inmerecido de nuestro esfuerzo. En este sentido, también de la familia cristiana cabe esperar acogida y apoyo para las personas en conflicto y con conductas desviadas, ofreciendo esperanza para superar crisis morales que, desde la infancia, adolescencia y juventud, pueden dejar marcada a la persona para toda la vida; algo que no se soluciona con leyes sino con amor.

Os encomiendo a todos en la oración con Santa María en la invocación constante al Espíritu Santo. En esta hora os invito a "mirar el día", a vivir nuestra fe con los ojos puestos en la realidad a la que se nos ha enviado para ser Buena Noticia de Salvación. Formemos nuestra conciencia inspirados en la Doctrina Social de la Iglesia, hablemos, abramos debates y reflexiones en nuestras comunidades cristianas, y, con humildad y sencillez, pero con inteligencia y ahínco, propongamos las conclusiones que saquemos a las instancias sociales donde tengamos una posibilidad o una responsabilidad ciudadana.

A veinte años de la exhortación post-sinodal Christifideles laici, debemos hacer balance de cómo ha respondido la Comunidad Eclesial en la formación y cuidado de laicos conscientes de su papel en la Iglesia y en la Sociedad. ¿Estamos igual que hace veinte años, cuando el Papa Juan Pablo nos decía esto?: "Al mismo tiempo, el Sínodo hizo notar que el camino posconciliar de los fieles laicos no ha estado exento de dificultades y de peligros. En particular, se pueden recordar dos tentaciones a las que no siempre han sabido sustraerse: La tentación de reservar un interés tan marcado por los servicios y las tareas eclesiales, de tal modo que frecuentemente se ha llegado a una práctica dejación de sus responsabilidades específicas en el mundo profesional, social, económico, cultural y político; y la tentación de legitimar la indebida separación entre fe y vida, entre la acogida del Evangelio y la acción concreta en las más diversas realidades temporales y terrenas." (ChfL 2)

Sé que lo sacerdotes y el resto de la comunidad cristiana estáis preocupados por la situación que nos ha tocado vivir. Sé que teméis que flaqueen vuestras fuerzas. Por eso, os animo a todos, católicos e instituciones de nuestra Diócesis, a redoblar esfuerzos para contrarrestar los efectos negativos que puedan seguirse. Es la hora de la solidaridad, la hora del testimonio, la hora de la confianza en Dios, nuestro Padre, que nos bendecirá abundantemente. Así, fuertes en el amor de Dios a todos, sin excepción, es la hora de ejercer la maternidad eclesial que tiene por modelo a la Virgen Madre, a Santa María, nombrada con tantas advocaciones en nuestra tierra.

Termino, por eso, recogiendo parte de la larga oración de Christifideles laici, del Papa Juan Pablo II:

"...Virgen valiente,

inspira en nosotros fortaleza de ánimo

y confianza en Dios,

para que sepamos superar

todos los obstáculos que encontremos

en el cumplimiento de nuestra misión.

 

Enséñanos a tratar las realidades del mundo

con un vivo sentido de responsabilidad cristiana

y en la gozosa esperanza

de la venida del Reino de Dios,

de los nuevos cielos y de la nueva tierra.

...

Virgen Madre,

guíanos y sosténnos para que vivamos siempre

como auténticos hijos e hijas

de la Iglesia de tu Hijo

y podamos contribuir a establecer sobre la tierra

la civilización de la verdad y del amor,

según el deseo de Dios

y para su gloria. Amén.

(ChfL 65)

Antonio Algora Hernando

Obispo de Ciudad Real

 

 

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