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Villahermoseñ@s
Sacerdotes Villahermoseños. D.José Jimeno Coronado
publicado el Tuesday, April 20, 2010

Seguimos presentando a sacerdotes de Villahermosa en este Año Sacerdotal. Ahora toca D. José y nos escribe sobre la Pascua de Resurrección

                BIOGRAFÍA DE JOSÉ JIMENO CORONADO
                              Sacerdote de Villahermosa

 

Sus padres, José Tomás y Prudencia, nacieron en Villamanrique, pero terminaron sus días en Villahermosa, en cuyo cementerio descansan sus restos mortales. Su abuelo paterno, Nicolás, era de Terrinches, y su abuelo materno, Juan, de Villamanrique, hunde sus raíces, allá por el siglo XV, en un Comendador de la Orden de Santiago, vecino de Tribaldos pueblo limítrofe del Monasterio santiaguista de Uclés. Nicolás era un modesto labrador y Juan era pequeño propietario, agricultor, ganadero y Carnicero.
    Su abuelo paterno no quiso que su hijo José Tomás le sucediera como agricultor (un pequeño defecto en una mano le dificultaba el trabajo agrícola), y optó, dada la capacidad intelectual del muchacho, por orientarlo a la administración, en la que entró muy joven (1915), al servicio del ayuntamiento, como Auxiliar de Secretaría. Autodidacta. Así su padre ingresó por oposición en el cuerpo de Secretarios de Ayuntamiento y obtuvo en 1925 la Secretaría de Carrizosa, adonde trasladó su residencia con su esposa y con dos hijos. Aquí nació D. José el 9 de enero de 1927 y luego tres hermanos más.
    Toda su infancia trascurrió en Carrizosa, excepto los tres años de la guerra civil (1936-1939), que los pasó en Villamanrique. Su casa estaba pegada a la de José Navarro, en la calle de Santa Catalina, y Pepe, de misma edad y parecidos gustos, era su amigo y compañero inseparable. Él ingresó luego en el Seminario de Ciudad Real. Esta relación le llevó al trato frecuente con el párroco, D. Gerardo Lomas, que, en 1941, le invitó a ingresar en el Seminario, donde cursó los estudios de Humanidades y Filosofía hasta el año 1946 en que pasó a Comillas de Santander.
    Al vacar la Secretaría del Ayuntamiento de Villahermosa, pueblo donde ejercía la profesión de practicante su hermano mayor, su padre la solicitó y obtuvo en 1946, y trasladó a este pueblo, entonces de 7.000 habitantes, la residencia familiar. Así vine D. José a agregarse al notable grupo de seminaristas villahermoseños.
    En 1947 el Obispado le designó becario del Pontificio Colegio Español de San José, de Roma, pero complicaciones consulares para el visado necesario y luego la necesaria licencia militar, al ser alistado en filas mientras la espera, no le permitieron llegar a Roma hasta mayo de 1948. La espera le obligó a permanecer casi todo el curso en la casa paterna, prueba que superó con el dolor, y que impidió matricularse el curso 1947-48.
    En Roma cursó toda la Teología e hizo la licenciatura de Teología en 1952, año de su ordenación sacerdotal, y luego la de Historia Eclesiástica 1954.
    Fue ordenado sacerdote por el cardenal Tedeschini en la Basílica Vaticana, levantada sobre el sepulcro del Apóstol S. Pedro, el 19 de mazo de 1952, fiesta de San José, sin que pudieran estar presentes sus familiares, por razones económicas. Tuvo el consuelo de enviarle bendición sacerdotal el mismo día por la noche por medio de Radio Vaticana. Lógicamente, no hubo celebración de primera misa solemne, aunque si celebró sus primeras misas los días inmediatos en las Catacumbas, junto a las tumbas de los mártires, y en otros lugares piadosos.
     Sin embargo, tanto el Párroco de Villahermosa, D. Pedro Inarejos, por razón de pastoral vocacional, como sus padres, pensaron que debía celebrar una Misa Solemne, que sería la “primera misa” en la parroquia, y así lo hizo el 3 de julio de 1952, revestido con la casulla del sacerdote carrizoseño, D. Amador Navarro, amigo de la familia, martirizado en 1936.
La larga vida sacerdotal de D. José ha transcurrido toda en Ciudad Real, excepto los meses de vacaciones del año 1952, que estuvo encargado de la parroquia de Chillón.
    Llegado a la Diócesis en 1954, se incorporó al equipo de formadores del Seminario, como Prefecto de Filósofos, y como Secretario de estudios y Profesor de Historia Eclesiástica. Siguió como formador hasta 1977 y como profesor hasta 1906. 
En 1956 el obispo Hervás le llamó a colaborar en la Curia Diocesana como Vicecanciller Secretario, y luego como Canciller Secretario en 1966, sin dejar sus tareas del. Seminario. Continuó de Secretario General a la llegada del obispo Torija hasta que aceptó su relevo en 1996.El año 1970 fue nombrado Archivero Diocesano, cargo que continúa desempeñando. Ha dirigido durante bastantes años el Boletín Oficial del Obispado y fue varios años Delegado de la Mutual del Clero. Además, ha sido miembro de varios organismos y comisiones diocesanas.
    Ha sido Delegado del Patrimonio Cultural de la Iglesia y secretario de la Comisión Mixta del mismo de 1989 a 1906.
En 1965 fue nombrado Canónigo Penitenciario de la Catedral de Ciudad Real, y se jubiló al cumplir los 75 años. 
     Durante algún tiempo fue Consiliario del Aspirantado de Acción Católica, Capellán de las Escuelas Ferroviarias y capellán y confesor la comunidad de Religiosas de María Inmaculada de Quinta Asunción. En la actualidad es Capellán de las Hermanas de la Cruz a las que atiende desde 1979.
     En el mundo de las letras, pertenece como Consejero de Número al Instituto de Estudios Manchegos, y como Correspondiente a la Real Academia de la Historia y es Presidente la Comisión Provincial de Monumentos de las Reales Academias. Su afición personal, le ha llevado muchos ratos a la investigación histórica y ha publicado numerosos libros y artículos de tema histórico eclesial. 

                                      

¡Era verdad! (Artículo de D. José)

             La gozosa celebración de la Pascua nos remite a la primera Pascua Cristiana, de la que es repetición sacramental, y  de la que toma su significado y vida. La celebrada por Jesús conmemoraba la Pascua judía, el paso de Dios, que libró a Israel   de la esclavitud de Egipto y era tipo de la Pascua de Cristo,  de su paso de la muerte a la resurrección, que nos libra a todos los hombres  de la esclavitud del pecado. Por eso, al celebrarla nosotros renovamos nuestro pase de la muerte del pecado a la vida de la gracia, a la verdadera vida, como hicimos posprimera vez en nuestro bautismo.

Nuestra  celebración pascual es una explosión de alegría, de aquella alegría, expresión de aquel grito visceral con que recibieron los discípulos, reunidos en torno a Pedro,  a aquellos otros dos discípulos de Emaús que descubrieron a Jesús resucitado en el partir el pan en la cena.

           

A los  de Emaús se les había venido abajo el edificio y quedaron aplastados bajo las ruinas .Estaban ilusionados con Jesús, con sus enseñanzas y con sus milagros, señales claras de que era el elegido de Dios. Pero ¿para qué? Sin duda, pensaba, para restaurar la  soberanía de Israel, subyugado por los  romanos. El recibimiento hecho a Jesús al entrar en Jerusalén unos días antes los había confirmado en su esperanza.

           

Eso era lo que esperaban, pero las cosas no habían sucedido así. Las  autoridades religiosas de Jerusalén pensaban de otra manera. Temían que en  torno al Nazareno se produjese ese intento tan anhelado por el pueblo, que fracasara, y que llevase consigo el endurecimiento de la esclavitud romana. “Es mejor  que muera un  hombre y no que perezca el pueblo”, había dicho Caifás sin pensar que profetizaba que la muerte de Jesús sería la redención del pueblo. Las autoridades aceptaron el consejo y decidieron evitar el peligro eliminando a Jesús que, por otra parte, les resultaba demasiado molesto con sus críticas al formalismo de  la religiosidad  del templo de Jerusalén.

 

Como comentaban tristes los de Emaús, las autoridades habían logrado su propósito, y el pueblo había visto frustrada su esperanza. Así pensaba el pueblo y así pensaban los discípulos. No habían querido escuchar nunca a Jesús cuando les anunciaba que, después de padecer y morir, resucitaría al tercer día. Y no se podía hacer caso de las habladurías de las piadosas mujeres que afirmaban haber visto ángeles que les aseguraron que Jesús estaba vivo. Al contrario, todo estaba ya perdido, no había que hacerse ilusiones.

 

Pero cuando los dos de Emaús llegan a Jerusalén con su descubrimiento son recibidos con aquel visceral “era verdad”, Jesús había resucitado, se había aparecido a Pedro, no eran las mujeres unas ilusas. Sí, era verdad, es verdad que Jesús ha resucitado, que sigue vivo y que vivo está entre nosotros. Lo llevamos diciendo  más de dos mil años y no nos ha podido tapar la boca nadie, ni las persecuciones de arriba ni las burlas de abajo.

 

Pero para los de fuera, y para los de dentro adormecidos, tenesmos que ser NOSOTROS los testigos de esta verdad con nuestra propia vida, con nuestras  obras. Los contemporáneos de  Jesús y de los primeros cristianos se  convencieron de ello, sin haber visto directamente a Cristo, por el testimonio vital que recibieron de los cristianos, porque en un mundo de odio, ellos se amaban y amaban también a los extraños, incluso a los enemigos y perseguidores.

 

La  celebración de la Pascua es la llamada. Que Dios nos abra el oído. Que sintamos cordialmente  que es verdad que Jesús está vivo porque el Padre lo ha resucitado.

Felices Pascuas.:         

Fdo: José Jimeno Coronado

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