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Sacerdotes de Villahermosa. D. Juan Pedro Andujar Caravaca
publicado el Wednesday, June 10, 2009

Ante la proximidad del Corpus Christi, nos invita a reflexionar sobre tal Misterio cristiano

 

Juan Pedro Andújar Caravaca nace en Valdepeñas el 5 de mayo de 1973. Acaba de cumplir 36 años. Hijo de Juan Pedro y María Gracia, y hermano de ‘Quili’ (Juan Clímaco) y María Herminia.

 

Bautizado por D. Edmundo el 10 de junio del mismo año. Con ocho años se apunta a monaguillo de nuestra Parroquia, poco antes de recibir la primera Comunión, y a los doce, en 7º de E.G.B. entra en el Seminario Diocesano junto con otros paisanos. Allí cursa el resto de la EGB, y después BUP, COU, Curso de Fundamentación y Estudios de Filosofía y Teología, total, trece años de Seminario.

 

 

 

Recibió la Confirmación el 13 de mayo de 1989. Pertenece a la quinta del 91. Ese año, su padre, Juan Pedro, sufrió un trájico y mortal accidente de trabajo, marchando a la casa del Padre. Era el día de Santa Rita, 22 de Mayo.

 

Recibió el Sagrado Orden del Diaconado el 30 de mayo de 1998, y el 5 de septiembre del mismo fue ordenado Presbítero de manos de D. Rafael Torija en la Catedral de Ciudad Real.

 

Ha desempeñado su ministerio primero en Abenójar y Cabezarados, y desde 2001 en Herencia, asumiendo desde hace tres años también la Parroquia de Puerto Lápice.

 

Cursó estudios de Licenciatura en Teología en la facultad de S. Dámaso, de Madrid, a la espera de concluir con una tesina sobre S, Juan de Ávila.

 

Son sus aficiones más destacadas la música, el fútbol y los toros, pero sobre todo la compañía de los buenos amigos.

 

 

 Fiesta del Cuerpo de Cristo

 

La gran fiesta del Corpus Christi es una celebración de nuestro Señor Jesucristo, donde de Él se celebra especialmente todo el rico significado que tiene para nosotros ‘su cuerpo’. Esta fiesta es como un complemento a lo que los cristianos celebramos el Jueves Santo: el Memorial de la Última Cena de Jesús poco antes de morir. Por entonces se celebra el Misterio de la presencia de Cristo en ese memorial, ahora sin embargo es su dimensión ‘hacia fuera’ -podríamos decir-, pues es una fiesta para que el Cuerpo de Cristo salga al exterior, a las calles, al pueblo donde vive esa humanidad por la que Él dio la vida.

 

¿Qué celebramos realmente en el Memorial de la Última Cena, en la Eucaristía? Celebramos nuestra vida, ni más ni menos.

La noche en que Jesús celebra la cena con sus discípulos está celebrando la Pascua de los judíos. La Pascua era el Memorial de la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud sufrida en Egipto, liberación que realiza Dios por medio de Moisés. Cada año por las mismas fechas se hacía esta conmemoración. Aquella liberación extraordinaria de Dios era el acontecimiento más grande de la historia del pueblo judío. Celebraban que gracias al poder de Dios ‘hoy’ ellos podían contarlo, hoy estaban vivos, hoy ese pueblo seguía adelante. Ningún judío se atrevía a no celebrar aquello, pues sería como renegar de la vida que Dios le había dado gracias a este acto salvador. Era un memorial, por eso decían “esta noche Yahveh pasó con mano fuerte sobre Egipto…”. “Esta noche”, aunque hubiesen pasado siglos desde aquello. Eso es un memorial: hacían presente cada Pascua lo que había sucedido en el pasado como si fuera hoy mismo.  

En esa cena se sacrificaba un cordero en el templo (se quemaban las vísceras y el humo era la ofrenda que se elevaba hasta Dios) y se debía comer luego en familia, de pie y a prisa, todo ello como recuerdo de cómo tuvieron que huir del faraón. El padre de la familia era quien repartía el cordero, las hierbas amargas, el pan sin levadura, las copas de vino, y hacía un gran canto de acción de gracias por los acontecimientos del Éxodo de Egipto.

 

Jesús estaba celebrando esto, pero aquella noche no había cordero en la mesa: el Cordero era Él, y la Pascua tendría en adelante un significado absolutamente nuevo y definitivo. El cordero había que sacrificarlo, pues sólo el que es capaz de desprenderse de algo querido está agradeciendo de verdad algo a alguien.  Jesús va a ser sacrificado unas horas más tarde. Por eso toma el pan y el vino, los reparte, hace la bendición a Dios por lo que está sucediendo y les dice: “este pan es mi cuerpo, esta copa es mi sangre, comed y bebed”. Jesús les está dando a comer su propio cuerpo en forma de pan. Jesús ‘está muriendo’ antes de que le maten. Jesús se está sacrificando y está dejando su presencia en ese humilde pan partido y en ese vino que sabe a muerte. ¿Qué está pasando? Está sucediendo la nueva y definitiva Pascua, la última Alianza de Dios con los hombres. Dios está liberando otra vez al pueblo, pero no ya de una esclavitud histórica, sino de la esclavitud que a todo hombre le tiene preso sin remedio: la esclavitud del mal, del pecado, de la muerte. La señal será un Cordero colgado en la cruz. Alguien tiene que sacrificar su vida para enseñarnos cómo se ha de vivir, y ese alguien es Dios mismo, el Hijo de Dios.

Después de la resurrección de Jesús fue cuando los apóstoles comprendieron todo lo que el Maestro había hecho aquella noche. Y grabaron a fuego en su memoria y en su corazón aquellas palabras: “haced esto en conmemoración mía”. Haced esto, el Memorial de la liberación del poder del mal, el Memorial de hasta dónde ha sido capaz de llegar Dios por nosotros, el Memorial de la Alianza de amistad que Cristo ha sellado con su sangre.

 

Esto es la misa. Esto es el Corpus. Sin duda lo más grande que nos ha podido suceder. Por eso a la misa se le fue llamando “eucaristía”, es decir, acción de gracias. El discípulo de Jesús tiene en ella el momento principal de acercamiento a Dios. No sólo participa de la victoria de Dios para nosotros, sino que al comer el cuerpo de Jesucristo entregado se convierte misteriosamente poco a poco en lo mismo que come: sacrificio, entrega, amor sublime.

 

Esto es la misa. Es ‘Jesús-entregándose’, ‘Jesús-dando-vida’, ‘Jesús-salvándonos’.

¿Por qué entonces tanto rechazo a ella? ¿por qué goza de tan mala prensa entre muchos de los que se llaman “cristianos”? ¿por qué esa resistencia a celebrar lo más grande de nuestra amistad con el Señor?

¿Significa el rechazo a la misa que en el fondo nos importa poco o nada lo que Jesús hiciera por nosotros? ¿significa eso que hoy seguimos rechazando a Jesús como entonces lo hicieran los judíos?

Creemos en Dios, decimos, ¿pero es que no creemos en el misterio, en lo que Él nos dice, en lo que Él nos invita a hacer? ¿nos creemos que en la misa está el cuerpo de Jesús y que eso es necesario para llamarnos cristianos?

 

Pensemos en ello. Es muy importante. No pueden ser excusa decir que no tenemos tiempo, o que nos aburrimos, o vete tú a saber. Es una cuestión de creer o no creer. Es necesario que nos lo tomemos en serio y que actuemos como verdaderos cristianos, sin esperar ni un momento más. En ello nos va… ¡la Vida!

 

Juan Pedro, sacerdote  

 

 

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