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Villahermoseñ@s
Sacerdotes Villahermoseños. Padre José Antonio Ruiz Cañamares.
publicado el Monday, May 4, 2009

Sacerdote y religioso Jesuita, nos narra sus impresiones en la Traída

 

José José Antonio Ruiz Cañamares nace en Villahermosa en el año 1960. Son sus padres José Antonio y María (la “María de la Fe”). A los 14 años se marcha a estudiar a Ciudad Real Formación Profesional, en la rama de electricidad en la Escuela “Hermano Gárate”. Es allí donde entra en contacto por primera vez con los Jesuitas.  

Al acabar decide comenzar los estudios de Ingeniería Técnica en el ICAI (Madrid). Tras  los cuales hace el Servicio Militar en Córdoba. Después de unos meses trabajando como electricista en Villahermosa comienza el curso 84/85 su labor docente en “los Gárates”. Allí permanecerá durante cinco años impartiendo clases de física, matemáticas y taller, y conocerá más de cerca de los Jesuitas. 

 

En septiembre del 89, con 29 años, tras un tiempo de búsqueda, ingresa en el noviciado de la Compañía de Jesús en Sevilla. Los estudios de Filosofía y Teología los realiza en Madrid (Universidad Pontificia Comillas). En junio del 98 es ordenado sacerdote en Madrid.

  

Su trabajo fundamental ha sido, y sigue siendo, el docente. Principalmente en Escuelas Profesionales, dando clases y en tareas de Formación Humana y Pastoral. Le gusta mucho dar Ejercicios Espirituales, como medio privilegiado para que la persona se encuentre con Dios, y valora el acompañamiento espiritual como instrumento de discernimiento. Siempre ha colaborado en las parroquias y ha sido voluntario en las cárceles de Sevilla y Badajoz.

 Actualmente está destinado en Madrid, en el barrio de la Ventilla. Trabajando en el Colegio “Padre Piquer” y colaborando en la Parroquia de San Francisco Javier. 

 

Y aquí nos deja su colaboración

a propósito de la Traída de la Virgen  y Mes de Mayo

 

Me parece un acierto poder reunirnos a cantar los mayos a la Virgen la víspera de la Traída. Lo es porque nos dispone a celebrar con más sentido religioso nuestro día de romería (igual que se engrasan las tijeras de vendimiar la noche antes de empezar la vendimia). Cuanto cantamos los mayos lo hacemos con devoción. Eso quiere decir que nuestro canto es oración, nos sale del corazón, nos hace mejores personas y más creyentes. Por eso cantamos alto, porque nos sale de dentro.

 Se nos regaló en el día de la Traída un tiempo estupendo. Con sol y brisa. Y fundamentalmente se nos regaló un día espléndido de convivencia, de compartir el chorizo de Azuer, el trago de la bota por el camino y nuestra amistad con tantas personas. Disfrutamos, tanto en Santa Ana como en la plaza, siendo muchos y muchas, casi apretados, con las miradas en la misma dirección, en nuestra “Morenilla”. Satisfechos y agradecidos por el día que hemos pasado, y con un deseo: “ojalá y volvamos a vernos en la Fiesta”.

 ¿Dónde está el secreto de este bienestar que debería ser más habitual? Cuando a la Virgen la ponemos en medio la vida se transforma. A mejor. Ella es el puente, el camino, la mediadora para ponernos con su Hijo. Él es el centro de nuestra fe, pero la experiencia nos da que sin la Virgen se enfría nuestra fe, nos volvemos más mediocres.

 

Volviendo a Madrid, al pasar por Carrizosa, pude ver algunas cruces. Cruces adornadas de flores. Estamos en Pascua. De la Cruz del Señor Jesús ha brotado vida, fuerza, aliento, alegría, paz. ¡Qué bien lo ha sabido recoger esto la tradición popular de las “cruces de mayo”!

  

 Mes de mayo, mes de María, tiempo de Pascua. Si el adviento lo hacemos de la mano de la Virgen (la que espera el nacimiento del Niño-Dios), el tiempo pascual también hay que recorrerlo con Nuestra Señora. Es precioso y significativo el dato que nos da San Lucas en el libro de los Hechos: la Virgen convoca a los apóstoles para orar a la espera de Pentecostés (Hc 1,14). Así son siempre las madres, uniendo, convocando, dando esperanza en tiempos de desconcierto y desaliento. Si otros dudaron de la Resurrección de Jesús, ella mantuvo la esperanza que el sueño de su Hijo, el sueño del Reino, no podía acabar en el fracaso de la cruz.

  

 

También hoy, como les sucedió a los apóstoles, nos cuesta llegar a creernos la resurrección del Señor. Necesitamos ojos nuevos para descubrir los “verdaderos y santísimos efectos de la resurrección” (que decía San Ignacio). Y por tanto, necesitamos recorrer la Pascua de la mano de la Virgen, fomentando nuestra relación con ella, yendo a los mayos, celebrando la Eucaristía, frecuentando los sacramentos.

 

 Ojalá se nos conceda el deseo común a todos: volver a vernos en la Fiesta para poder cantar juntos: “tu eres la Madre del Verbo encarnado…” y compartir tapa y trago.

  José Antonio Ruiz Cañamares s.j.  

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